Casualmente mis noches suelen ser lo mismo. Rutinas a las que me acostumbré: quedarme en casa o, a veces, disfrutar de caminatas nocturnas. Especialmente cuando el clima está frío y húmedo. Me encanta sentir la lluvia en el rostro y escuchar su golpeteo rebotando en mi chaqueta impermeable, iluminada apenas por la luz tenue de las lámparas de la ciudad.
Pero aquella noche el clima estaba perfecto: viento fuerte, calles vacías y una lluvia generosa. Exactamente mi tipo de noche para una larga caminata. Sin embargo, de manera repentina decidí cambiar de dirección. Visitar a un vecino mío, alguien agradable, gracioso y sin duda amable.
Sin pensarlo estaba ya en el sofá de su nueva casa, charlando de cosas simples, temas comunes, siempre con silencios intercalados porque él y su esposa estaban viendo un reality local. No pasaron ni diez minutos hasta que pausaron el programa para fumar un cigarro en el jardín. Yo no fumo. Antes sí, pero ya no. Mientras ellos fumaban, yo bebía té y conversábamos bajo el aire húmedo.
Entonces me invitó a visitar su taller. Solo un rato, dijo. Una noche de hombres, añadió, con otro amigo en común.
Su bus era acogedor y olía sorprendentemente bien a pesar de ser fumadero habitual. Condujimos unos diez minutos hasta llegar al taller. El clima seguía exquisito.
Conocía ese lugar. Lo visité tiempo atrás en mis días de trabajo en construcción. Él es constructor; a veces requería mi ayuda. El otro, electricista, lo ayudé solo una vez en una enorme casa a las afueras.
Al principio renegaba de mi decisión, atrapado por mi propio impulso, pero me rendí al destino y le di una oportunidad.
Será una noche de blues, tabaco y whisky, comentó mi amigo.
Disfruté del blues y de la compañía. El alcohol no es lo mío; siempre me sabe mal.
Sírvete algo de beber, coca cola, fanta, café, me ofreció el electricista.
Me acerqué y tomé una coca cola, mientras ellos sorbían el whisky como si fuera un tesoro líquido. Pronto estaba rodeado por una nube espesa de humo, y la escena me recordó al pobre gato que Bukowski rescató, atrapado entre las nieblas del tabaco y el aliento alcohólico.
Ellos charlaban animados. Yo asentía, decía lo justo, y me perdía en el ritmo del blues. De alguna manera recordé la piel de una vieja amiga, amante del blues, de la marihuana y del sexo – me encanta cogerte al ritmo suave del saxofoon, me susurro al oido cogiéndome el pene húmedo y erecto-. Recordé aquella escena, y quedé en silencio. La noche se aceleró. El reloj marcaba las dos de la mañana: hora de volver.
El whisky se acabó. El humo se disipó. Mi recuerdo cálido se convirtió en una memoria antigua.
El frío era intenso al salir. Nos despedimos con normalidad, cada uno tomando su camino. Era una noche fría, de blues.
Al llegar a casa, mi amigo descubrió que había olvidado sus llaves. Su esposa no contestaba. Los minutos pasaron y decidí ir a casa. Él volvió al bus, subió con una sonrisa cansada y me dijo:
Esta noche dormiré con el amor de mi vida. Besó la botella de whisky como si fuera una vieja novia.