El 28 de julio quedó grabado en la memoria nacional no por el fervor patrio, sino por el festival de folios que Dina Boluarte llevó al Congreso. Con un libreto inicial de 97 páginas (que luego recortó porque hasta ella se cansó), la presidenta entregó lo que algunos llaman mensaje a la Nación y otros, más realistas, “monólogo maratónico”.
Promesas por millones, cifras que parecían sacadas de un PowerPoint corporativo y la joya de la corona: un nuevo avión presidencial para recorrer el país… pero desde el cielo, porque desde tierra la realidad es otra. Entre tanto, el Congreso dormitaba, los canales de TV cortaban a comerciales, y en la calle la gente coreaba el nuevo hit de Fiestas Patrias: “Dina asesina”.
No faltó el momento de autocondecorarse como la salvadora de la institucionalidad peruana: según ella, sin Dina, hoy viviríamos en un apocalipsis político. Y claro, las más de 50 muertes en protestas quedaron reducidas a la culpa de “minorías violentistas”. Eso sí, pidió perdón con la misma energía que uno pide disculpas por pisar un zapato ajeno en el micro.
En su faceta más improvisada, Boluarte aprovechó para lanzar dardos contra quienes defienden una nueva constitución: “traidores a la patria”. La diplomacia hecha palabra. Y por si fuera poco, agitó el espantapájaro de Cuba, Venezuela y Bolivia como si de fantasmas tropicales se tratara.
El epílogo lo puso el Cardenal Castillo en el Te Deum: “Fácil ser dictador, difícil gobernar”. Mientras tanto, la presidenta escuchaba imperturbable, quizá pensando en si ese comentario también podía editarse del guion final.
En resumen: Dina nos regaló un discurso de horas que confirmó lo que muchos ya sabían: el gobierno se sostiene en cifras infladas, victimismo y un libreto que cambia según el humor del público. Un show patrio con sabor a rutina repetida, pero con final anunciado: más de lo mismo.